Entre Ellas.


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Origen de la imagen.

Entre Ellas.

El agua templada resbalaba por su cuerpo produciéndola el primer bienestar de la mañana, se secó rápidamente y desnuda todavía se maquilló austeramente. Eligió un traje sastre azul marino a rallas que con unas medias de cristal color carne, contrastaban con la sobriedad del atuendo. Terminó calzándose unos zapatos negros con un tacón de aguja, quizás inusual para el plan de trabajo que tenía en su agenda.

Se había convertido otro día en la mujer trabajadora, que se disponía a consumir su rutina diaria una vez más. Cruzó el vestíbulo del aséptico edificio de oficinas donde trabajaba, entrando en el ascensor donde se encontró con la enigmática joven de todos las mañanas. La cabellera morena de la muchacha enmarcaba en su rostro unos ojos verdes preciosos, que contrastaban con el rojo carmín de sus labios. Minifaldera y guapa se encontró a Diana como muchos días. Esta sin intercambiar una sola palabra con ella, bajó la mirada, esperando no exenta de rubor, llegar a su destino.

La mañana no fue precisamente normal sino extresante, consecuencia de lo cual bajó a comer lo suficientemente tarde. Recorrió malhumorada el bufet y se dispuso a buscar con quien compartir mesa. Quizá por culpa del destino fue a parar a donde estaba sentada Eva, la chica del ascensor. Mirándola a los ojos, la preguntó si se podía sentar.

Después de obtener el beneplácito de la joven. Diana se acomodó quizá descaradamente, pero su estado de ánimo no daba para mucho en aquel momento. Sin embargo en su fuero interno se sentía bien con Eva. Levantó la mirada descubriendo a través del escote de la muchacha los tirantes del juvenil sujetador que albergaban unos pechos menudos pero llenos. Inexplicablemente notó que se sentía atraída por la joven, optando por iniciar un coqueteo con ella. Jamás había estado con una mujer pero hoy no podía remediar salir de esa situación. Ruborizada Eva se levantó disponiéndose a irse, cuando Diana cogiéndola de la mano se incorporó al tiempo que la besaba en la mejilla, citándola a las seis en el vestíbulo del edificio.

La joven la contestó con un forzado de acuerdo, dirigiéndose avergonzada hacia la salida. Más tarde Un beso de Diana bastó para tranquilizarla, bajaron con prisa al aparcamiento y sin preguntarse nada estaban en una confortable habitación de un coqueto hotel. La lengua de Diana hurgaba en la boca de Eva, mientras sus femeninos dedos desabotonaban su blusa liberando ágilmente los senos de la joven.

¿Te gusta cielo? le pregunta Diana inesperadamente.

La respuesta fue alta y clara.

Soy tuya.

Se comían en un sesenta y nueve perfecto, sus lenguas masajeaban sus clítoris sin pausa, al tiempo que sus dedos penetraban a través de las puertas de su placer. Sus espasmos precedían a un orgasmo nuevo para ellas, después se besaban apasionadamente, mientras sus erectos pezones no se libraban de ser lamidos y bebidos por sus labios encendidos, ávidos de placer. Después en la ducha se prodigaban un abrazo, que sellaba quizá su único encuentro. Más tarde la despedida era tan inesperada como el encuentro, sellándola con un hasta la vista.

efe.firma

 

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